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6º MOMENTO: LA MONARQUÍA Y LA IDEA DE “REINO DE DIOS”

 Cuando Samuel, último de los jueces de Israel, se hizo viejo los israelitas le pidieron que les nombrara un rey porque todos los pueblos vecinos lo tenían y ellos sentían la necesidad de estar permanentemente protegidos por un ejército y un gobierno estable ante la amenaza filistea.

 Samuel les responde con este discurso que es todo un alegato en contra del poder de los reyes:

 10 Samuel comunicó todas las palabras del Señor al pueblo que le pedía un rey,11 diciendo: «Este será el derecho del rey que reinará sobre ustedes, los destinará a sus carros de guerra y a su caballería, y ellos correrán delante de su carro. 12 Los empleará como jefes de mil y de cincuenta hombres, y les hará cultivar sus campos, recoger sus cosechas, y fabricar sus armas de guerra y los arneses de sus carros. 13 Tomará a las hijas de ustedes como perfumistas, cocineras y panaderas. 14 Les quitará a ustedes los mejores campos, viñedos y olivares, para dárselos a sus servidores. 15 Exigirá el diezmo de los sembrados y las viñas, para entregarlo a sus eunucos y a sus servidores. 16 Les quitará sus mejores esclavos, sus bueyes y sus asnos, para emplearlos en sus propios trabajos. 17 Exigirá el diezmo de los rebaños, y ustedes mismos serán sus esclavos. 18 Entonces, ustedes clamarán a causa del rey que se han elegido, pero aquel día el Señor no les responderá».

19 El pueblo se negó a escuchar la voz de Samuel, e insistió: «¡No! Habrá un rey sobre nosotros, 20 y así seremos como todas las naciones. Nuestro rey nos juzgará, saldrá al frente de nosotros y combatirá en nuestros combates».

21 Samuel escuchó todas las palabras del pueblo y las repitió en presencia del Señor. 22 El Señor dijo a Samuel: «Escúchalos y dales un rey». Entonces Samuel dijo a los hombres de Israel: «Vuelvan cada uno a su ciudad».

 (Del primer libro de Samuel, capítulo 8)

 El primer rey fue Saúl, que después de realizar algunas conquistas, cayó en desgracia y se mató clavándose su propia espada.

 El segundo rey fue David, el más recordado por los Israelitas. Sendo el más pequeño entre sus hermanos, pastor de oficio, es nombrado rey y extenderá las fronteras de Israel hasta el máximo que llegaron en su historia. Se le tiene como un rey justo y fiel a Yahvé. Es famoso el relato en el que lucha contra Goliat al que derrota con una honda, convirtiéndose en símbolo de todos aquellos que luchan en una causa justa contra un enemigo que le supera en facultades. 

Precisamente de la monarquía nace una idea que será central en la predicación de Jesús: el Reino de Dios. Éste es entendido como el “lugar” en el que Dios reina, es decir, en el que hace su voluntad (Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo).

 Pero qué idea tenían los israelitas de lo que debía ser la justicia del rey. La respuesta la encontramos en el Salmo 72:

Oh Dios, concede tu justicia al rey y tu rectitud al descendiente de reyes, 2 para que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus pobres con rectitud. 3 Que las montañas traigan al pueblo la paz, y las colinas, la justicia; 4 que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos de los pobres y aplaste al opresor.

5 Que dure tanto como el sol y la luna, a lo largo de las generaciones; 6 que sea como lluvia que cae sobre el césped y como chaparrones que riegan la tierra. 7 Que en sus días florezca la justicia y abunde la paz, mientras dure la luna; 8 que domine de un mar hasta el otro, y desde el Río hasta los confines de la tierra. 9 Que se inclinen ante él las tribus del desierto, y sus enemigos muerdan el polvo; 10 que los reyes de Tarsis y de las costas lejanas le paguen tributo. Que los reyes de Arabia y de Sebá le traigan regalos; 11 que todos los reyes le rindan homenaje y lo sirvan todas las naciones. 12 Porque él librará al pobre que suplica y al humilde que está desamparado.

13 Tendrá compasión del débil y del pobre, y salvará la vida de los indigentes. 14 Los rescatará de la opresión y la violencia, y la sangre de ellos será preciosa ante sus ojos. 15 Por eso, que viva largamente y le regalen oro de Arabia; que oren por él sin cesar y lo bendigan todo el día. 16 Que en el país abunden los trigales y ondeen sobre las cumbres de las montañas; que sus frutos broten como el Líbano y florezcan como la hierba de los campos. 17 Que perdure su nombre para siempre y su linaje permanezca como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos y todas las naciones lo proclamen feliz. 18 Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas. 19 Sea bendito eternamente su Nombre glorioso y que su gloria llene toda la tierra. ¡Amén! ¡Amén!

 

Cuando el pueblo de Israel espere la llegada del Mesías lo esperará como un nuevo rey David (recordad la estrella de Belén)