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 4º MOMENTO:

 

LA PEREGRINACIÓN POR EL DESIERTO.

 Tras la salida de Egipto, Moisés guió a su pueblo en una larga marcha que conduce a la tierra prometida. Esta peregrinación es una metáfora de lo que es la vida de un cristiano: liberado del pecado, atravesando las aguas del bautismo, se encamina hasta  la tierra prometida a través del desierto de la existencia.

 La estancia de Israel en el desierto se fija en cuarenta años, un número claramente simbólico. Durante esa peregrinación Dios muestra las maravillas de su providencia, pero el pueblo responde con desconfianza e infidelidad y continuas quejas. La Biblia, por tanto, da una explicación teológica de ese largo vagar por el desierto haciendo un camino que no duraría más de un mes. La larga duración de este viaje se atribuye a la infidelidad del pueblo. En realidad, más que de un viaje se trata de un vagabundeo crónico propio de los pueblos seminómadas que habitan en las franjas limítrofes del desierto, siguiendo las rutas de los oasis.

 El desierto, lugar de experiencia de Dios.

 El desierto fue la luna de miel de Dios con Israel, el lugar donde comenzó aquella alianza de amor. Por eso en los momentos difíciles de su historia, cuando los hebreos pierden su camino, se acuerdan de aquella experiencia.

 En el desierto, Dios se muestra. Es el lugar donde hay que volver para empezar un camino nuevo. Allí tiene lugar su conversión.

 En contraste con esta visión idílica del desierto, hay que verlo también como el lugar de la prueba. En la soledad y el hambre, se puede tener la sensación de que Dios ha abandonado a su pueblo.

Podéis en contrar el texto en el capítulo 32 del libro del Éxodo.